viernes 20 de noviembre de 2009

Cool

Nestea Cool extra refrescante reza la etiqueta. Frunzo el ceño porque lo primero que pienso es que beberse esto debe parecerse mucho a ingerir Vicks Vaporub a pelo, de manera que como por ahora no me convence mucho la idea de tirar de la anilla, dejo la lata en el suelo.

Abro el portátil y reviso Gmail. Pongo un par de tonterías en el Facebook… But I'm not satisfied Spotify, que invento —. Trasteo un poco más entre mis listas de canciones para ver si hay algo que me anime un poquito la mañana y nada. ¿Qué me pasa? Si sigo tan inapetente por mucho tiempo más voy a perder la insignia de caperucita urbana. Aburrimiento. De pronto veo por el rabillo de mi ojo izquierdo una sombra metalizada que me saluda desde su destierro y no puedo por más que reconocer que estoy obsesionada. ¿Funcionará realmente el diseño hortera de la lata? Parece que sí porque ya la estoy abriendo y tras un pequeño "clic" confirmo que sabe a rayos. Me pica la lengua.

Parpadeo naranja en la pantalla. Mi antivirus. ¿Renovación de votos matrimoniales? Pues no señor. No quiero. Hoy voy a morir intoxicada.

martes 17 de noviembre de 2009

Telegrama

Mismo escritorio, misma ciudad. Y en lugar de contar todas las cosas nuevas que he ido haciendo, me empeño en asegurar que ya no sé escribir, o que tal vez nunca he sabido.

Pero ya he cumplido un año en Madrid, y es hora de reconocer que ha sido un año refrescante; posiblemente no tan aprovechado como debería, pero en el que he aprendido mucho. Me ha servido sobretodo para confirmar que mi pasión era acertada: la artesanía de los libros —la lástima es que no me enseñaran como ajustar el contexto un poquito más a mi sueño—.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Χάος

Sereno y noble otoño. Tal vez he empezado a desnudarme para ti sin darme cuenta a juzgar por los restos que veo esta mañana sobre mi escritorio.
Es una idea repentina que he tenido ahora y que, te cuento, porque la resaca de vino me hace sentir lo suficientemente etérea como para que me importe poco evidenciar mi ya avanzada locura. Y es que aquí estoy. Dedicándote líneas como si personificado en alguien pudieras escucharme o entenderme. Como si finalmente me sirviera de algo idolatrarte por representar tu muerte cada año, y cada año de nuevo resucitar entre marrones y ocres. Quiero que sepas que para mi eres como un círculo cerrado: pura armonía. Y es esto lo que me hace estar tan segura de que sabrás interpretar el santo y seña para desnudarme también a mí, que no es otro que ese sujetador blanco abrazado al borde de la mesa. Una de esas inconfundibles huellas que deja el caos cuando con sus prisas huye de mi pecho.
Yo te celebro así querido otoño.
Dejando que te infiltres en mi vida para desnudarme antes de que tantas noches sin artificios de letras me pesen demasiado.

jueves 10 de septiembre de 2009

Perezosa y tonta

Me pasé el verano haciendo crujir manzanas.
Recreándome en su sonido y en el jugo que se deslizaba por mi barbilla, pasaba horas muertas viajando con los dedos o la vista lo que no viajaba con mis pies. Echando de menos adoquines extranjeros, cestas de mimbre para la compra y hasta carriles bici que invadir por falta de costumbre...
O el rincón reservado a la tarta con café a media tarde. Eso fue algo que también desee con fuerza mientras imaginaba grandes tazas de colores llenas hasta el borde, y algún que otro tenedor nadando entre bizcocho de chocolate y trozos de cereza.
Yo solo quería domingos deshabitados y fríos en los que caminar mirándome los pies y superar así mi adicción a las miradas.
Y ahora tengo la certeza de que he perdido el tiempo.

martes 14 de julio de 2009

(mediocre) combustión espontanea

He pillado la gripe del alma
Estoy agotada mentalmente. Y eso que normalmente solo necesito algo de música y un teclado pero, con lo que no contaba era con que las emociones y las casualidades desaparecieran de mi vida, y no fuera capaz de invocarlas de nuevo.
Y es que –tal y como demuestra esta maldita muletilla- he desaprendido todo lo aprendido y caigo en las repeticiones, tan solo convulsiones de catástrofes anteriores, y me resultan degradantes.
Y quien sabe si, porque ya no creo en manzanas encantadas pero la cuestión es que los deseos se me oxidan antes de saber siquiera si soy yo la que los quiere, o si solo los pretende la niña de 8 años que conseguía todo a golpe de culpabilidad paterna.
Odio la felicidad inventada y quiero que arda junto con todos mis ribetes de palabras.
No sé zurcir gramática.